Maiki Martín Francisco. Fotografía: Félix Hernández Miranda
De donde parte la tristeza,
o es
parte de mí,
no yo,
ni
siquiera algo mío.
Algo
así como un concepto,
una
vaga idea,
una
desilusión.
Inevitablemente
me miraste:
la
sombra de Alejandra en la pared,
el
cuchillo ardiente,
y un
reguero de noches
alineadas
en el cristal,
como
grandes gotas de lluvia.
Granizaste
después
todas
las tardes.
Como
nunca tu cuerpo
se
volvió blanco,
desplazando
la alegre idea de morir,
la
triste urgencia de estar vivos.
Como
rectángulos de tierra en la pared,
como
un aviso permanente de justicia,
me voy
quemando,
enterrando
lo
poco que he sido.
Una
tumba abierta a la esperanza:
así
amanezco
casi
sin nombre
apenas
una
palabra.
Yo
ese
gesto triste
que
permanece en el aire,
con la
certeza de que mañana,
en un
instante absurdo y roto,
dejaremos
de ser inmortales.
La
lluvia recorta mis falanges
en el
sentido de las agujas del reloj.
Mi
historia es otra
y yo
no la conozco.
No sé
quiénes soy,
qué
tipo de esquizofrenia
recomiendan
los médicos a mi edad.
No
importa si existo,
nada
para
cambiar este espacio.
No
hace falta escuchar
para
saber que estoy viva:
me
culpo,
y eso
basta.
En
confidencia,
aquí
entre nosotras,
¿quién
es esa que te mira,
que
busca dentro y fuera de ti?
¿Quién
prepara la carne
para
el último fracaso
o la
primera piedra?
Todo
son curvas,
pero
hay que saltar
sin
saber dónde existe el suelo,
ni
cuántas soy capaz de soportar,
con
una sonrisa perfecta
detrás
del aguardiente.
Apenas
te resistes al olvido,
al
poco olvido al que tienes derecho.
Tú
como
ser que agoniza
en
medio de la niebla,
te
resistes a olvidarte,
a
perder tu vida,
a
sentirte al fin
en
otra casa.
Salir
a donde te corresponde,
huir
de las mentiras
y los
espacios comunes.
Dejarle
ver al sol
tu
alma de caramelos pintados
y
vestidos de ultratumba.
No
tengo estampas de recuerdo,
sino
dolor en fuga.
¿Vivir
matar
amarme
para conocerme
introducir
cuerpos extraños
en la
noche
mientras
me hablo;
convertirme
en una loca
que da
patadas en la calle
a las
tres de la mañana,
subirme
al sol,
a las
4 fases de la luna,
menguar
quince centímetros
y no
contar con nadie;
despedir
a los amigos tristes
de la
infancia
resistir
el desierto
de
alacranes,
comer
un yogur de hastío,
de
puro miedo;
contar
con las puntas de los pies
las
veces que te he nombrado
y
atormentarme
con tu
presencia?
Mi
exigencia es una lástima
y yo
la mastico.
No
puedo vivir sin mí,
pero
llevo dentro la locura:
el
querer más de siete vidas,
y no
abarcar siquiera una.
Tramito un vuelo seguro para no vivir,
Tramito un vuelo seguro para no vivir,
para
atraer la nostalgia de los cajones
y los
zapatos perdidos.
No te
aseguro nada,
pero
no regresaré más a aquella casa
de
escaleras de sol
y
bicicletas.
Somos un asalto al poder,
al
poder de nosotros mismos,
a
soñar despiertos.
A no
dormir
en las
alcantarillas del otro.
A
levantar lápidas
en
lugar de herejías,
a
construir muros
en vez
de telarañas.
Contra
todos los que se van
por el
fraude de los últimos tiempos,
con la
risa desencajada
y el
miedo en los ojos.
Por
qué inventar los crímenes en un lugar sagrado:
los
crímenes suceden aquí,
en las
esquinas de los hemisferios,
donde
el dolor es una suerte
que
estalla por todas partes,
contra
el deber de vivir
y la
resurrección de los muertos.
Pero
no temas:
el
caso
está
cerrado.
Y si me declaro inconveniente,
cancelo
todas las citas,
me doy
un susto de tiempo
y
auguro los bostezos con porqués.
Me
basta pedirte simple
para
sentirte extraño,
no
tengo raíces
ni
conozco mujer.
Mis
hijos son carpetas de viento
que se
abren por la noche,
cuando
el corazón
ha
aprendido a gatear
y el
silencio
me
abre tumbas a su paso.
Acometer el crimen perfecto:
Acometer el crimen perfecto:
no ser
más
yo.